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'La Avería' de Blanca Portillo

Los Premios Max de las Artes Escénicas cumplen quince años en su próxima edición. Ninguna mujer se ha llevado el premio a la Mejor Dirección de Escena. ¿Se romperá la tradición en 2012? La candidata con más papeletas para conseguirlo es Blanca Portillo por La Avería.

Fernando Sansegundo ha sido el encargado de la adaptación teatral de la obra del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt. Estará en las Naves del Español, en el Matadero de Madrid, hasta el 1 de enero. Queda poco tiempo, así que no dudéis en ir. Es uno de los mejores montajes que tenemos sobre las tablas.

El Studebaker color cereza de Alfredo Traps ha tenido una avería. Esto le obliga a aceptar la invitación de un anciano caballero para pasar la noche en su casa. Allí descubrirá que nada es lo que parece, que el tiempo y sus efectos cambian por momentos. Esa noche se celebra una cena, la mejor de su vida, y allí le propondrán un juego. La curiosidad le hace aceptar y aquí comienza su viaje por la Ley y la Justicia.

Al llegar nos encontramos con una casa de altos techos, una librería llega hasta lo más alto. Rodeada por un jardín de césped y un rosal cuidado por su jardinero. La escenografía es perfecta, incita a buscar todos los detalles que puedas encontrar. Poco a poco, vamos conociendo a unos personajes que están a la altura del decorado. No vayáis buscando a los actores, han quedado tapados por capas de tiempo.

Muchas caras conocidas nos venden esta avería, pero solamente veremos la de José Luis García-Pérez, el desquiciado Traps. Podemos intuir a Daniel Grao, firme en su papel de anfitrión y juez. Mademoiselle Simone tiene unas manos mágicas, como la interpretación de Emma Suárez. Fernando Soto consigue enternecer con su Pilet haciendo lo imposible. Zorn es extravagante y su voz emociona, Asier Etxeandía sabe conseguirlo. José Luis Torrijo gana unos kilos para convertirse en Kummer, pero no pierde nada de agilidad.




Opinión personal: tengo una extraña afición a no controlarme cuando algo me gusta y debo informar en vez de opinar. Así que, para cerrar esta reseña, poco me queda por añadir a lo ya dicho. Estamos ante una de las obras del año y, para los que apoyen la teoría de que un premio es sinónimo de calidad, lo comprobaremos en la próxima gala de los Premios Max. Si os podéis acercar por el Matadero para ver esta obra, no os va a decepcionar. A esta magnífica obra se le suma un espacio inigualable.

Los Persas

"Eurípides no me Sofocles que te Esquilo." A más de uno nos han enseñado en el colegio esta regla mnemotécnica para no olvidar a los tres grandes autores de la tragedia griega. Ahora nos quedaremos con el último, Esquilo, y con una de sus obras más famosas "Los Persas".

Nos ambientamos en la Batalla de Salamina, una de las Guerras Médicas en la cual los persas pretendían conquistar a Grecia. Podemos estar hablando del siglo V a.C. o del XXI, parece que poco ha cambiado o esa es la idea que se plantea.


La Reina Atosa, viuda de Darío, espera noticias de su hijo y de sus avances en esta lucha. Pronto las recibirá pero no serán las que se esperan. El ejército ha caído, no se ha podido hacer nada, y los más loados generales están muertos. La Ley de un pueblo de iguales, sin líderes, ha vencido a aquello que les atacaba. Esta será la premisa que da lugar a la historia de "Los Persas".

Hay dos elementos clave en esta obra, su puesta en escena y la coreografía. Un suelo arenoso, una mesa o un par de sillas son más que suficiente para una representación muy visual que se acompaña del movimiento. La danza de Jerjes o el retorcimiento de Darío son un claro ejemplo de ello. Un grupo de copas puede ser un batallón, una muestra de lo que fue y cayó. No hacen falta muchos recursos para mostrar lo que se quiere. Sólo lo necesario.

La experiencia en la interpretación está ahí, no se puede negar. Los actores se adaptan al pequeño espacio y clavan los movimientos. Aquí cada palmo cuenta y ellos van al milímetro. La entereza y el alegato al coro de ancianos que vemos en los consejeros. La frialdad de la Reina ante lo complicado de la situación. El sufrimiento en los recuerdos del mensajero. La lucidez y sabiduría en las palabras de Darío. La pasión y fuerza de Jerjes. Cada uno tiene su momento en este trabajo y eso se agradece.


Opinión personal: siempre he dicho que el teatro clásico es un arma de doble filo, son las mejores historias pero el público no está acostumbrado al lenguaje y ritmo. Francisco Suárez, director de la obra, lo ha sabido solventar y mete al público en la historia, hay algunos momentos en los que se nota su mano. La intimidad del espacio y la cercanía con el espectador ayudan a estas sensaciones. Muy recomendable para todo el que quiera pasarse por el Teatro Español hasta el 24 de julio.
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